China y el nuevo orden mundial

Fuente: lanacion.cl

Por Noam Chomsky, profesor emérito de lingüística y filosofía del M.I.T. Su libro más reciente es “Esperanzas y Perspectivas”.

Las preocupaciones de Estados Unidos son comprensibles, si se toma en cuenta la presunción virtualmente no desafiada de que Estados Unidos debe mantener un “poder incuestionable” sobre gran parte del mundo, con “supremacía militar y económica”, asegurando al mismo tiempo la “limitación de cualquier ejercicio de soberanía” de estados que puedan interferir con sus diseños globales.


Entre todas las presuntas amenazas contra la superpotencia que reina en el mundo, un rival está emergiendo silenciosa y decididamente: China. Y Estados Unidos está escrutando de cerca las intenciones de China. En agosto, un estudio del Pentágono manifestó su preocupación de que China esté expandiendo sus fuerzas militares en formas que “podrían impedir la capacidad de los buques de guerra estadounidenses para operar en aguas internacionales fuera de la costa”, informa Thom Shanker en The New York Times.

A Washington le alarma que “la falta de apertura de China acerca del crecimiento, las capacidades y las intenciones de sus fuerzas armadas inyecten inestabilidad en una región vital del planeta”. Estados Unidos, por otro lado, no oculta su intención de operar libremente en la “región vital del planeta” que rodea a China (como en otras partes). Estados Unidos publicita su gran capacidad para hacerlo: con un creciente presupuesto militar que casi equivale al del resto del mundo combinado, cientos de bases militares a través del globo y una enorme ventaja en la tecnología de la destrucción y la dominación.

La falta de entendimiento por parte de China de las reglas de la civilidad internacional quedó ilustrada por sus objeciones al plan para que el portaaviones avanzado de propulsión nuclear George Washington participara en los ejercicios militares estadounidense-surcoreanos de julio, cerca de la costa de China, con una supuesta capacidad de alcanzar Beijing. Por el contrario, Occidente entiende que todas esas operaciones de Estados Unidos se emprenden para defender la estabilidad y su propia seguridad.

El término “estabilidad” tiene un significado técnico en el discurso de los asuntos internacionales: la dominación de Estados Unidos. De allí que nadie frunza el ceño cuando James Chace, ex editor de la revista Foreign Affairs, explica que para lograr “estabilidad” en Chile en 1973 fue necesario “desestabilizar” al país, derrocando al gobierno del Presidente Salvador Allende e instalando la dictadura del general Augusto Pinochet, que procedió a asesinar y torturar a sus anchas y a formar una red terrorista que ayudó a instalar regímenes similares en otras partes, con respaldo de Estados Unidos, en el nombre de la estabilidad y la seguridad.

Es de rutina reconocer que la seguridad de Estados Unidos requiere un control absoluto. La premisa fue ofrecida por el historiador John Lewis Gaddis, de la Universidad de Yale, en “Sorpresa, seguridad y la experiencia estadounidense”, donde investiga las raíces de la doctrina de guerra preventiva del Presidente George W. Bush. El principio operativo es que esa expansión es “la vía a la seguridad”, una doctrina a la que Gaddis sigue admirablemente la pista hace casi dos siglos: hasta el Presidente John Quincy Adams, el autor intelectual del Destino Manifiesto.

Cuando Bush advirtió que “los estadounidenses deben estar preparados para acciones preventivas cuando sean necesarias para defender nuestra libertad y defender nuestras vidas”, observa Gaddis, “estaba haciéndose eco de una antigua tradición, más que estableciendo una nueva”, reiterando principios que los presidentes desde Adams a Woodrow Wilson “hubiesen comprendido, todos, muy bien”. Al igual que los sucesores de Wilson, y hasta el presente, la doctrina del Presidente Bill Clinton fue que Estados Unidos tenía derecho a usar la fuerza militar para asegurar “acceso irrestricto a mercados clave, suministros de energía y recursos estratégicos”, sin necesidad de urdir pretextos del tipo de Bush.

Según el secretario de Defensa de Clinton, William Cohen, Estados Unidos debe por consiguiente mantener grandes fuerzas militares “en despliegue avanzado” en Europa y Asia, “con el fin de configurar las opiniones de la gente sobre nosotros” y “configurar eventos que afectarán nuestra forma de vida y nuestra seguridad”. El historiador militar Andrew Bacevich observa que esta receta para la guerra permanente es una nueva doctrina estratégica, amplificada más tarde por Bush II y por el Presidente Barack Obama.

Como todo Don de la mafia lo sabe, hasta la más ligera pérdida de control puede llevar a la destrucción del sistema de dominación cuando otros se sienten alentados a seguir un curso similar. Este principio central de poder está formulado como la “teoría del dominó”, en el lenguaje de los hacedores de políticas, la que se traduce en la práctica en el reconocimiento de que el “virus” del desarrollo independiente exitoso podría “propagar el contagio” a otras partes y, por lo tanto, debe ser destruido mientras las víctimas potenciales de la plaga son vacunadas, habitualmente por dictaduras brutales.

 

La “amenaza” democrática

De acuerdo al estudio del Pentágono, el presupuesto militar de China se amplió a un estimado de 150 mil millones de dólares en 2009, acercándose a “una quinta parte de lo que el Pentágono gastó para operar y llevar a cabo las guerras en Irak y Afganistán” ese año, lo que por supuesto es sólo una fracción del presupuesto militar total de Estados Unidos. Las preocupaciones de Estados Unidos son comprensibles, si se toma en cuenta la presunción virtualmente no desafiada de que Estados Unidos debe mantener un “poder incuestionable” sobre gran parte del mundo, con “supremacía militar y económica”, asegurando al mismo tiempo la “limitación de cualquier ejercicio de soberanía” de estados que puedan interferir con sus diseños globales.

Éstos fueron los principios establecidos por planificadores y expertos en política exterior de alto nivel durante la Segunda Guerra Mundial, mientras desarrollaban el marco del mundo de posguerra, gran parte del cual se implementó. Estados Unidos mantendría su dominación sobre un “Área Grande”, la que abarcaría como mínimo al hemisferio occidental, el Lejano Oriente y el ex imperio británico, incluyendo los cruciales recursos energéticos del Medio Oriente. Cuando los rusos comenzaron a repeler a los ejércitos nazis después de Stalingrado, los objetivos del “Área Grande” se extendieron hacia lo más de Eurasia que fuera posible.

Siempre se entendió que Europa podría optar por seguir un curso independiente, quizás la visión gaullista de una Europa del Atlántico a los Urales. La OTAN fue parcialmente concebida para contrarrestar esta amenaza y el tema sigue muy vivo hoy cuando la OTAN se expande hacia una fuerza de intervención manejada por Estados Unidos y responsable de controlar la “infraestructura crucial” del sistema energético global del que depende Occidente.

Desde que se convirtió en la potencia mundial dominante durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha buscado mantener un sistema de control global. Pero ese proyecto no es fácil de sustentar. El sistema se está erosionando visiblemente, con significativas implicancias para el futuro. China es un protagonista cada vez más influyente; y un retador.

De todas las “amenazas” al orden mundial, la más consistente es la democracia, a menos que se encuentre bajo control imperial y, más generalmente, las afirmaciones de independencia. Estos temores han guiado al poder imperial a través de la historia. En América del Sur, el tradicional patio trasero de Washington, los súbditos están más y más desobedientes. Sus pasos hacia la independencia avanzaron aún más en febrero con la formación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, que incluye a todos los estados del hemisferio aparte de Estados Unidos y Canadá.

Por primera vez desde las conquistas española y portuguesa de hace 500 años, América Latina se está moviendo hacia la integración, un prerrequisito de la independencia. También está empezando a abordar el escándalo interno de un continente dotado de ricos recursos, pero dominado por pequeños islotes de elites opulentas en un mar de miseria. Además, se están desarrollando las relaciones Sur-Sur, en las que China juega un papel principal, tanto como consumidor de materias primas como inversionista. Su influencia está creciendo rápidamente y ha sobrepasado a la de Estados Unidos en algunos países ricos en recursos.

 

Arabia Saudita mira al este

Más significativos todavía son los cambios en el escenario del Medio Oriente. Hace 60 años, el influyente planificador A.A. Berle aconsejaba que controlar los incomparables recursos energéticos de la región resultaría en un “control sustancial del mundo”. Consecuentemente, la pérdida de control amenazaría al proyecto de dominación global. Hacia los años 70, los principales productores nacionalizaron sus reservas de hidrocarburos, pero Occidente conservó una influencia sustancial. En 1979 “se perdió” Irán con el derrocamiento de la dictadura del Sha, que había sido impuesta por un golpe militar estadounidense-británico en 1953 para asegurar que esta presa siguiera en las manos apropiadas. Ahora, sin embargo, el control se está escurriendo, incluso entre clientes tradicionales de Estados Unidos.

Las mayores reservas de hidrocarburos están en Arabia Saudita, una dependencia estadounidense desde que Estados Unidos desplazó allí a Gran Bretaña en una mini-guerra librada durante la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos sigue siendo de lejos el mayor inversionista en Arabia Saudita y su mayor socio comercial, y Arabia Saudita ayuda a mantener la economía estadounidense mediante inversiones. Sin embargo, más de la mitad de las exportaciones petroleras saudíes van ahora al Asia y sus planes de crecimiento miran al este. Lo mismo podría resultar cierto para Irak, el país con las segundas mayores reservas, si es que puede reconstruirse tras la destrucción masiva provocada por las mortíferas sanciones estadounidense-británicas y la invasión. Y las políticas de Estados Unidos están empujando a Irán, el tercer productor más grande, en la misma dirección. China es ahora el mayor importador de petróleo del Medio Oriente y el mayor exportador a la región, habiendo reemplazado a Estados Unidos. Las relaciones comerciales están creciendo rápido, duplicándose en los últimos cinco años.

Las implicancias para el orden mundial son significativas, como lo es el silencioso ascenso de la Organización de Cooperación de Shanghai, que incluye a gran parte de Asia pero ha vedado a Estados Unidos: potencialmente “un nuevo cártel energético que involucra tanto a productores como a consumidores”, como observa el economista Stephen King, autor de “Perdiendo el control: las amenazas emergentes a la prosperidad occidental”.

 

Conflicto que beneficia a China

En círculos occidentales de decisión política y entre comentaristas políticos, 2010 es llamado “el año de Irán”. Se considera que la amenaza iraní plantea el mayor peligro al orden mundial y que es el principal foco de la política externa de Estados Unidos, con Europa yendo educadamente a la zaga como siempre. Se reconoce oficialmente que la amenaza no es militar.

Para mantener la “estabilidad”, Estados Unidos ha impuesto duras sanciones contra Irán pero, fuera de Europa, pocos les están prestando atención. Los países no alineados (la mayor parte del mundo) se han opuesto fuertemente durante años a la política estadounidense hacia Irán. Los cercanos Turquía y Pakistán están construyendo nuevos ductos hacia Irán y el comercio va en aumento. La opinión pública árabe está tan irritada con las políticas occidentales que una mayoría hasta favorece el desarrollo por Irán de armas nucleares. El conflicto beneficia a China. “Los inversionistas y comerciantes chinos están llenando ahora un vacío en Irán a medida que las empresas de muchas otras naciones, especialmente de Europa, se retiran”, informa Clayton Jones en el The Christian Science Monitor. En particular, China está ampliando su rol dominante en las industrias energéticas de Irán.

Washington está reaccionando con un toque de desesperación. En agosto, el Departamento de Estado advirtió que “si China quiere hacer negocios en el mundo tendrá también que proteger su propia reputación, y si se adquiere una reputación como un país dispuesto a soslayar o evadir responsabilidades internacionales que tendrán un impacto de largo plazo… sus responsabilidades internacionales están claras”: concretamente, seguir las órdenes de Estados Unidos.

Es improbable que los líderes chinos se impresionen por estas palabras, el lenguaje de una potencia imperial que intenta desesperadamente ejercer una autoridad que ya no tiene. Una amenaza mucho mayor que Irán para la dominación imperial es la negativa de China a obedecer órdenes y, de hecho, como gran y creciente potencia, descartarlas con desprecio.

The New York Times Syndicate

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